Hace ocho años estaba perdidamente enamorada, de quien hasta ese entonces sería el amor de su vida hasta los últimos segundos de su existencia. Se había apoderado de su mente y corazón, era el dueño absoluto de su ser, era correspondida y era feliz.
El amor era tan grande que parecía no romperse nunca, y se dañó. Le duró tres años para ser exactos, y le dolía el alma al no tenerlo más. Su amor se había ido.
Pasó otros cuatro años más llorando, equivocándose y rogando un regreso, el mismo que gracias a todo el universo no sucedió. Pasó cuatro años esperando, cuatro años en pausa, sin prisa. A veces intentando hasta darse por vencida fácilmente, ya se había rendido por no pasar, ni hacerle pasar malos ratos a nadie.
Y llegó, cuando dejaba de buscar, cuando estaba acostumbrada a su soledad y tranquilidad, a disfrutar el tiempo para ella, llegó.
Llegó sin hacer mucho ruido ni movimientos bruscos, llegó con pasos lentos y mirada firme. Llegó a sacudir su vida y a quitar todas las espinas, llegó para darle un abrazo y unir todos sus pedazos rotos. Llegó para no quedarse y no le importaba, pero llegó y la hizo feliz otra vez.
Le dio alegría y las primeras emociones nuevamente, los nervios, las cosquillas y vivir lo que hace ocho años no le pasaba.
"Es una canción perfecta para bailar, es una bebida refrescante y a la vez fuerte que es capaz de acelerarme los sentidos, darme alegría o matarme de una vez." decía.
Todo llega a nuestras vidas en el momento adecuado y preciso, sin anunciarse, sin avisarte sólo llega y todo cambia.
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